Historias de vida

Igualdad: más lejos que cerca

Alcanzar la igualdad real y material entre mujeres y hombres está muy lejos de ser una realidad, hay un fenómeno, que pareciera estar oculto, que afecta el beneficio social, medido en términos de oportunidad y crecimiento para toda la población y es el relacionado con la feminización de la pobreza, que da cuenta del creciente empobrecimiento material de las mujeres, el empeoramiento de sus condiciones de vida y la vulneración de sus derechos fundamentales en un contexto en el cual, el reparto de la renta afecta en una mayor proporción a las mujeres, dadas las condiciones en las cuales deben afrontar el mundo real al momento de buscar la superación personal y profesional.

En primer lugar y para, lamentablemente reafirmar nuestra posición, la pobreza le “pega” más duro a las mujeres que a los hombres, dado que en la composición de hogares promedio en Colombia, éstos están compuestos en mayor número por mujeres. De acuerdo a los resultados del Censo Nacional de Población y Vivienda 2018, el 40,7% de los hogares tienen madres cabeza de hogar. Esto no sería un problema, salvo por una realidad innegable, las mujeres deben realizar labores que no son pagas y en las más de las veces tampoco son reconocidas, como lo es el caso de las labores domésticas, educación y crianza de los hijos, aumentada en tiempos de pandemia, pues ahora todas sus labores coinciden en tiempo y espacio.       

Esto nos lleva necesariamente a la segunda reflexión, el denominado techo de cristal, donde debemos tener en cuenta dos consideraciones, la primera es que si bien en la Constitución tenemos consagrada la igualdad entre hombres y mujeres, en la realidad prima más desigualdad entre iguales, pues por fuera de la burbuja normativa hay elementos que impiden a las mujeres alcanzar posiciones, salarios, condiciones favorables, mientras que a los hombres no, hablamos de ¡estereotipos! Que impiden, al momento de alcanzar un trabajo o una posición, a las mujeres las valoren de forma diferente frente a los hombres.

Sólo por citar un ejemplo, según la última Gran Encuesta Integrada de Hogares –GEIH- realizada por el DANE, sólo 83 mil mujeres en Colombia desempeñan cargos de dirección, mientras que por el lado de los hombres hablamos de 177 mil, una diferencia superior al 50%.  Ahí vamos viendo que tan cerca está la igualdad.

Esto debería importar a toda la sociedad, pero sobretodo al Gobierno, tanto nacional, como departamental y municipal, pues entre más bajo es el nivel educativo y el poco acceso a un trabajo digno, mayor es la necesidad de mantener relaciones abusivas. Desde esta perspectiva se entiende que los bajos niveles educativos relacionados con la pobreza retrasan el empoderamiento femenino y este hecho favorece la violencia. Las mujeres deben permanecer en relaciones abusivas por sus bajos ingresos y por temor a empeorar la situación para sus hijos e hijas.

Se hace necesario, entonces, el desarrollo de una política pública integral que incluya en el diagnostico el fenómeno a nivel territorial -máxime teniendo en cuenta que en la ciudad de Ibagué llegamos al 37,6% de desempleo-, esto con miras a eliminar las profundas desigualdades sociales y económicas que terminan favoreciendo la violencia contra las mujeres. Por esta razón estas políticas y el empeño del Gobierno deben apuntar a superar las barreras que le impiden a las mujeres ejercer plenamente sus derechos con confianza y de manera autónoma.

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