Opiniones

Violencia de género: la cara oscura de la pandemia

Por: Fabián Andrey Zarta

Este año sin duda pasará a los libros de historia no solo por el virus que azotó la estructura societaria, sino también por el debilitamiento que causó a la economía mundial. Y de manera paralela se fueron poniendo en relieve algunos problemas contemporáneos a los cuales no podemos ser ajenos precisamente porque afectan nuestra cotidianidad. Dentro de esos temas que sobresalieron durante este año se encuentran: los suicidios, la violencia intrafamiliar, el acoso laboral, las patologías mentales, entre otros.

Entre todas esas categorías que emergieron durante la pandemia y el confinamiento, hay una que es transversal y que parece haber pasado desapercibida en algunos medios de comunicación porque su práctica se ha naturalizado en los últimos años: se trata de la violencia de género hacia la mujer (aunque las denuncias hayan aumentado). De manera que quisiera, mediante una pequeña historia de la que fui testigo, argumentar cómo se ha mimetizado la violencia de género en la cotidianidad de la sociedad ibaguereña.

 Un día mi hermano, me envió un archivo por WhatsApp y me escribió enseguida “ayúdame a corregir esta carta” a lo cual le respondí: ¿de qué se trata?, pero él solo me dijo que la abriera para darme cuenta. Una vez abierto el documento, el nombre de una familiar figuraba en la carta, con la cual respondía a la administración del conjunto donde vivía sobre un llamado de atención que le hacían por diversas razones. De manera que decidí indagar un poco frente al caso con aquella persona directamente, quien me envió la carta de la administración donde le hacia el llamado de atención. La carta apuntaba a lo siguiente: (1) que la propietaria ponía en riesgo a las personas del condominio al trabajar en una entidad de salud; (2) que no podía poner música en ningún momento durante la cuarentena porque afectaba a los demás propietarios o copropietarios; y (3) que debido a su condición laboral debía alejarse de cualquier espacio público, sin poder hacer uso de las zonas comunes del condominio.

Luego de leer esas precisiones, me comuniqué con otras personas que viven en aquel lugar (el cual yo frecuentaba) y me encontré con lo siguiente: los administradores realizaron fiestas durante el periodo estricto de confinamiento; también le concedieron permiso a otras personas que no hacían parte del sector de la salud realizar actividades en las zonas comunes. Con estos datos ya resulta evidente hacia donde quiero llegar. Resulta que aquella persona no sólo trabajaba en el sector salud, sino que también es afrodescendiente y sobre todo mujer. Entonces, en esta pequeña historia funcionan categorías que uno pensaría ya superadas en la sociedad del siglo XXI, pero me temo que estamos rotundamente equivocados (pasa exactamente lo mismo con la esclavitud hacia inmigrantes venezolanos).

Esas categorías que están sobre la mesa en una simple carta o en el discurso escrito es una muestra evidente de un tipo de violencia hacia una mujer que trabaja día tras día sin hacer daño a nadie; y en conversaciones con ella, me afirmó que ella seguía todos los protocolos de bioseguridad. Pero lo que planteo aquí va más allá de la cuestión sanitaria. Se trata de una represión a la vida de una mujer negra que no puede llegar a descansar a su casa, sino que es recibida con diferentes juicios que terminan por abrumarla y por ende afectar dos cosas: su salud mental y sus relaciones interpersonales.

¿Hay una exageración en el análisis del relato? No, claramente no lo es por razones justificadas, sobre todo por que estamos en un Estado Social de Derecho y porque la Declaración de los Derechos Humanos y los ODS así lo proponen. Me estoy refiriendo a la libertad y la dignidad de las mujeres, y es eso lo que se esta vulnerando mediante los “llamados de atención” por parte de los administradores de este condominio.

Ahora bien, ¿Qué hay de aquella persona? Pues ella, no denunció por temor a que se amplificara el problema y tuviera que vender e irse del apartamento que con tanto sacrificio obtuvo. De manera que solo respondió la carta diciendo que accedía a no escuchar música, a seguir estrictamente los protocolos para el ingreso al conjunto y a no hacer uso de las zonas comunes. ¿les parece que eso es libertad? Mas bien es triste que en la segunda década de este siglo, en donde la “sociedad del conocimiento” tiene la literatura a un clic, no pueda comprender que después de una jornada laboral una mujer no quiera más que distraerse un poco en su propiedad.

Es decir que la violencia hacia la mujer no sólo tiene que ser física, como tampoco la violencia tiene que ser un hecho meramente visible; basta con ser algo que tiene efectos radicales sobre nuestro ser y quehacer. Un ejemplo de violencia que pasa desapercibido, son las enormes filas que hace la gente para reclamar los subsidios del gobierno cada dos meses; pero lo más trágico es que el subsidio del adulto mayor lo deben reclamar ellos mismos; es decir, personas de 60,70 y hasta 80 años, que deben ¡aguantar! largas filas para obtener los tres míseros pesos que el gobierno les da (y muchas de esas personas son mujeres).

En síntesis, debemos agudizar los sentidos para ver esas prácticas violentas hacia las mujeres que existen en nuestra cotidianidad. Pero no basta con ello, sino que también hay que denunciarlas y hacerlas públicas con el fin de tener un registro de estos hechos y así poder enfrentar de manera efectiva a aquellas personas que afectan mediante sus acciones o discursos violentos a las mujeres en el departamento del Tolima. Sobre todo, porque ser mujer en un departamento con un pensamiento heteronormativo debe ser muy duro.

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