Camilo Ernesto Ossa

La Policía que necesitamos

“Todo parecía muerto, helaba la sangre en las venas y daban unas ganas tremendas de ahorcarse en ese mismo álamo junto al puente. Ni una brisa, ni un movimiento de las nubes, ni un alma.
¡Qué lugar más espantoso para un hombre vivo!”.
Extracto de “El Maestro y Margarita” de Mijaíl Bulgákov. Pues así estamos en Colombia, como el relato de aquel libro, defendiendo un sistema de gobierno decadente, con el 42,5% de la población en pobreza, el 15,1% en pobreza extrema y envuelta en esta cruel violencia para “justificar” una “batalla” de “buenos” y “malos”, hágame el favor. ¡Espantoso!

¿Cómo justificar la aparente violencia sexual como mecanismo de represión de las manifestaciones? ¿Cómo justificar la aparente violencia sexual como mecanismo de represión de los actos vandálicos? ¿Cómo rodear la “institucionalidad” frente a los casos de violencia sexual cometidos, presuntamente, por miembros de la fuerza pública? ¿Cómo, después de conocer las cifras y los casos de violencia sexual, presuntamente cometidos por la fuerza pública, puede siquiera pensarse o “pedirse” la militarización de las ciudades? Debo confesar que el caso de Alison Meléndez en la ciudad de Popayán me produce terror, con solo pensar siquiera que, algún desafortunado día, podría ser mi esposa quien quedara rodeada por aquellos vástagos de la “institucionalidad”. No son todos, eso está claro, pero tampoco se trata tan solo de unas manzanas podridas, el problema es grave y profundo. Requiere una reforma a la Policía.

Según la ONG Temblores, en los más de 18 días de Paro Nacional, los casos de abuso sexual a mujeres, por parte, al parecer, de la fuerza pública, ascienden a ¡16!, según esta misma ONG, la mayoría de los hechos ocurren durante las noches y en estaciones de policía, donde pareciera ser que la justicia no llega, o no es efectiva, o no disuade, salvo que el caso salga a luz pública, pues por un lado, resultan cobijados por la Jurisdicción Penal Militar o, por el otro, la inacción judicial deviene en injusticia. Otro sector que requiere reforma, la justicia. Pero, los hechos de violencia sexual, cometidos, aparentemente, por miembros de la fuerza pública, no es un problema de hoy, según la misma ONG Temblores, Medicina Legal registró, entre los años 2017 y 2019, 102 hechos de violencia sexual, sumados a otros 30 casos durante el año 2020, “donde el presunto victimario es la policía”.

Gravísimo, primero, por ser una flagrante violación a los derechos humanos y libertades ciudadanas que no podemos tolerar, segundo, porque los ojos de la comunidad internacional ya están puestos sobre la aparente violencia de la fuerza pública en Colombia. Por lo menos así lo hizo saber un grupo de congresistas de los Estados Unidos, al enviarle una carta al Secretario de Estado de ese país Antony John Blinken, donde le solicitan “suspender la asistencia directa a la Policía Nacional de Colombia hasta que no se observen mejoras reales en el uso de la fuerza y no se asuma la responsabilidad judicial por los casos evidenciados en medio de las protestas”.    

La reforma estructural a la Policía no da espera, tenemos que volver al modelo establecido en la Constitución de 1991, concebida como un cuerpo civil –no militar-, completamente educado y formado, depurando a sus integrantes en todo orden, desde Generales de la República hasta Cadetes, sin olvidar también que su juez natural debe ser la jurisdicción ordinaria y no la penal militar, sin posibilidad alguna de impunidad por sus acciones u omisiones. En fin, necesitamos una policía amiga del ciudadano y defensora de los derechos humanos.

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