Violencia de género: la cara oscura de la pandemia

Este año sin duda pasará a los libros de historia no solo por el virus que azotó la estructura societaria, sino también por el debilitamiento que causó a la economía mundial. Y de manera paralela se fueron poniendo en relieve algunos problemas contemporáneos a los cuales no podemos ser ajenos precisamente porque afectan nuestra cotidianidad. Dentro de esos temas que sobresalieron durante este año se encuentran: los suicidios, la violencia intrafamiliar, el acoso laboral, las patologías mentales, entre otros.

Entre todas esas categorías que emergieron durante la pandemia y el confinamiento, hay una que es transversal y que parece haber pasado desapercibida en algunos medios de comunicación porque su práctica se ha naturalizado en los últimos años: se trata de la violencia de género hacia la mujer (aunque las denuncias hayan aumentado). De manera que quisiera, mediante una pequeña historia de la que fui testigo, argumentar cómo se ha mimetizado la violencia de género en la cotidianidad de la sociedad ibaguereña.

 Un día mi hermano, me envió un archivo por WhatsApp y me escribió enseguida “ayúdame a corregir esta carta” a lo cual le respondí: ¿de qué se trata?, pero él solo me dijo que la abriera para darme cuenta. Una vez abierto el documento, el nombre de una familiar figuraba en la carta, con la cual respondía a la administración del conjunto donde vivía sobre un llamado de atención que le hacían por diversas razones. De manera que decidí indagar un poco frente al caso con aquella persona directamente, quien me envió la carta de la administración donde le hacia el llamado de atención. La carta apuntaba a lo siguiente: (1) que la propietaria ponía en riesgo a las personas del condominio al trabajar en una entidad de salud; (2) que no podía poner música en ningún momento durante la cuarentena porque afectaba a los demás propietarios o copropietarios; y (3) que debido a su condición laboral debía alejarse de cualquier espacio público, sin poder hacer uso de las zonas comunes del condominio.

Luego de leer esas precisiones, me comuniqué con otras personas que viven en aquel lugar (el cual yo frecuentaba) y me encontré con lo siguiente: los administradores realizaron fiestas durante el periodo estricto de confinamiento; también le concedieron permiso a otras personas que no hacían parte del sector de la salud realizar actividades en las zonas comunes. Con estos datos ya resulta evidente hacia donde quiero llegar. Resulta que aquella persona no sólo trabajaba en el sector salud, sino que también es afrodescendiente y sobre todo mujer. Entonces, en esta pequeña historia funcionan categorías que uno pensaría ya superadas en la sociedad del siglo XXI, pero me temo que estamos rotundamente equivocados (pasa exactamente lo mismo con la esclavitud hacia inmigrantes venezolanos).

Esas categorías que están sobre la mesa en una simple carta o en el discurso escrito es una muestra evidente de un tipo de violencia hacia una mujer que trabaja día tras día sin hacer daño a nadie; y en conversaciones con ella, me afirmó que ella seguía todos los protocolos de bioseguridad. Pero lo que planteo aquí va más allá de la cuestión sanitaria. Se trata de una represión a la vida de una mujer negra que no puede llegar a descansar a su casa, sino que es recibida con diferentes juicios que terminan por abrumarla y por ende afectar dos cosas: su salud mental y sus relaciones interpersonales.

¿Hay una exageración en el análisis del relato? No, claramente no lo es por razones justificadas, sobre todo por que estamos en un Estado Social de Derecho y porque la Declaración de los Derechos Humanos y los ODS así lo proponen. Me estoy refiriendo a la libertad y la dignidad de las mujeres, y es eso lo que se esta vulnerando mediante los “llamados de atención” por parte de los administradores de este condominio.

Ahora bien, ¿Qué hay de aquella persona? Pues ella, no denunció por temor a que se amplificara el problema y tuviera que vender e irse del apartamento que con tanto sacrificio obtuvo. De manera que solo respondió la carta diciendo que accedía a no escuchar música, a seguir estrictamente los protocolos para el ingreso al conjunto y a no hacer uso de las zonas comunes. ¿les parece que eso es libertad? Mas bien es triste que en la segunda década de este siglo, en donde la “sociedad del conocimiento” tiene la literatura a un clic, no pueda comprender que después de una jornada laboral una mujer no quiera más que distraerse un poco en su propiedad.

Es decir que la violencia hacia la mujer no sólo tiene que ser física, como tampoco la violencia tiene que ser un hecho meramente visible; basta con ser algo que tiene efectos radicales sobre nuestro ser y quehacer. Un ejemplo de violencia que pasa desapercibido, son las enormes filas que hace la gente para reclamar los subsidios del gobierno cada dos meses; pero lo más trágico es que el subsidio del adulto mayor lo deben reclamar ellos mismos; es decir, personas de 60,70 y hasta 80 años, que deben ¡aguantar! largas filas para obtener los tres míseros pesos que el gobierno les da (y muchas de esas personas son mujeres).

En síntesis, debemos agudizar los sentidos para ver esas prácticas violentas hacia las mujeres que existen en nuestra cotidianidad. Pero no basta con ello, sino que también hay que denunciarlas y hacerlas públicas con el fin de tener un registro de estos hechos y así poder enfrentar de manera efectiva a aquellas personas que afectan mediante sus acciones o discursos violentos a las mujeres en el departamento del Tolima. Sobre todo, porque ser mujer en un departamento con un pensamiento heteronormativo debe ser muy duro.

Rompamos estereotipos, reconozcámonos como auténticas heroínas

Las estigmatizaciones de debilidad hacia la mujer, nos hacen desde siempre pensar preguntas cómo: ¿qué significa “correr como una mujer”, “pelear como una mujer”, “llorar como una mujer” o “manejar como una mujer”? Estos estereotipos, siempre asociados a inferioridad, nos tienen rezagadas en muchos espacios. Nacemos libres de prejuicios, pero entre más socializamos, asimilamos nuestras culturas, no solo los valores positivos, sino también los negativos y en ese sentido, esa libertad que podría estar asociada a vivir nuestra identidad más allá del género, castra procesos de empoderamiento en la mayoría de las mujeres.

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Quienes estamos empoderadas, somos el reflejo total de la ruptura con estos estereotipos, nos concebimos como iguales sin importar el género, e inclusive, las condiciones físicas que podrían ser limitantes para muchas cosas, es así que parimos hijos, con una fuerza superior a la de los hombres, logramos hacer hasta 3 cosas, cocinamos y paralelamente atendemos los hijos y estamos pendientes de las cosas de la casa, las facturas, el mercado, el llanto del niño o niña y si señoras, no es tema de complejidades, es tema de reconocernos. Seremos tan poco presumidas, que en ocasiones no entendemos la dimensión y el alcance de todo lo que hacemos.

Mujeres auténticas, mujeres independientes, mujeres inspiradoras,  célebres y anónimas, todas somos auténticas heroínas que entendemos desde nuestras propias realidades, que somos responsables no solo de nuestra vida, de la cual tomamos nuestras riendas, sino la de todos los otros, quienes su papel fundamental es ayudarnos a potencializarnos y reivindicarnos con el hecho magnánimo de SER MUJER. 

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MI invitación de hoy, atrevámonos a transitar por la senda del empoderamiento, por la senda del autorreconocimiento, pero sobre todo por la senda del orgullo de ocupar en nuestras sociedades el lugar que nosotras mismas nos ganamos solo por el hecho de ser mujeres

Personajes míticos, disfrazados de mujer rural

Y cuando de exaltar la mujer se trata, quizás todas sintamos gran admiración por aquellas mujeres que desde la pandemia hemos logrado percibir, aquellas que somos multifacéticas y multioperativas, porque logramos lo que ni nosotras mismas nos imaginamos, hoy mi columna está dedicada a esas mujeres que no han descubierto esos dotes por el COVID 19, pues la vida ni tiempo les ha dado, ellas han sido así, desde siempre, está dedicada a las mujeres que trabajan el campo, las mujeres rurales, esas de las cuales por los infinitos espejismos, nos hemos perdido detallar.

Cuando inicié mis correrías por los campos de mi país, trabajando con el tema de la Agricultura familiar, empecé a darme cuenta, que el éxito de los hogares rurales, al igual que el de los de la ciudad, dependían de la mujer y con gran sorpresa, descubrí que esas mujeres simples, como las llamaría Facundo Cabral, tienen más tesón que cualquier otro tipo de mujer, son de diferentes sabores y colores, son negras, indígenas, palenqueras, raizales, son trabajadoras, madrugadoras, fuertes, comprometidas, incansables, irreprochables, pero, sobre todo, tienen claro su papel.

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 No son feministas y ni imaginarse entrar en esta discusión, su tiempo deben repartirlo entre los trabajos de la casa, ser madres, cuidadoras, agricultoras y muchas veces proveedoras. El tiempo que muchas gastamos en el salón de belleza, ellas lo invierten en labrar, sembrar y recoger. Tienen grandes talentos, son grandes contadoras de historia, no de desamores, porque parece que ni tiempo para el romance tienen, cuentan historias de terror, mejores que las de mi abuela, pero también cuentan con gran propiedad, sobre las mejores técnicas para sembrar y de como dar el sabor único que solo puedes probar en un sancocho de gallina en leña.

Para mí son personajes míticos, pues a pesar de no contar con mecanismos, rutas institucionales y espacios de participación para poder defender sus derechos, son quienes se encargan de que aquel rito diario y sagrado de la comida, sea una realidad, a ellas por siempre toda mi admiración.

Ser mujer, no es cuestión de denotación

Hace algunos años, inició mi ejercicio reflexivo, frente al papel que las mujeres buscamos desempeñar en la sociedad, esta búsqueda personal por entender mi rol como individuo social, se tradujo en encontrarle razón de pensarme, ser y sentirme mujer.

Una oleada de movimientos feministas empezó a surgir a partir de la década de los 60, en los que evidentemente, la lucha de base, pretendía reivindicar los derechos de la mujer como sujeto activo de la sociedad. Como mujer, y en el momento que me correspondía, me adherí de manera fuerte a esta lucha y por tanto me declaré abiertamente feminista, una posición que siempre he manifestado sin tapujo alguno en espacios académicos, políticos y hasta en los de tertulia. Sin embargo, de unos años para acá, siento que esa lucha se ha concentrado en temas de denotación: que si todos, por ser incluyente, que si todas y todos por ser diferenciador y más recientemente el “todes” como expresión integradora.

Ser mujer, no es un tema de denotación, es un tema de acción. La sociedad actual nos ha puesto muchos retos, la infinidad de roles que debemos desempeñar nos iguala, y quizás nos hace superar el rol que los hombres históricamente han asumido, ahora somos proveedoras, somos cabeza de hogar, somos jefes, somos conductoras, somos electoras, somos emprendedoras, somos lideresas, papeles que hace algunas décadas estaban limitados al sexo masculino.

La nueva realidad nos pone en un escenario donde podemos no solo competir sino cooperar con los hombres, ser mujer se convierte en un honor, la reivindicación es nuestra, la reivindicación femenina no es un tema de feminismo, no es un tema de género, no es un tema de todos, ni de todas, ni de todes, es un tema de ser.   

Esta columna buscará convertirse en ese ejercicio de reivindicación desde la acción, procuraré en cada publicación demostrar que ser mujer no es cuestión de denotación, es cuestión de lograr todo aquello que nos imaginamos y proponemos por el hecho de ser mujeres. 

No es sólo una Vicepresidente, es la reivindicación de los inmigrantes

Las elecciones presidenciales de los Estados Unidos para este 2020 quedarán en la retina de todos los habitantes del mundo, no solo por la derrota del presidente Donald Trump que no logró la reelección a pesar de sus pataletas y denuncias, sino porque por primera vez en su historia llega a la Vicepresidencia una mujer, y no cualquier mujer.

Se trata de Kamala Harris, una mujer que a sus 56 años ha ocupado algunos de los cargos más importantes del país más complejo en materia política, el rey del norte. Harris ha sido senadora, fiscal general del estado de California y fiscal de distrito en San Francisco, pero todo esto sólo para mencionar que a pulso se fue ganando espacios hasta llegar al escalón más alto hasta ahora logrado por una mujer y que algunos predicen que en unos años podría ser la mejor carta del partido demócrata para repetir presidencia.

Pero detrás de Kamala Harris lo que en verdad se esconde es la reivindicación de los inmigrantes en este país que en su historia reciente se ha caracterizado por la exacerbación de la xenofobia contra los no nacidos en Norteamérica y la raza negra en particular.

Kamala Harris no es sólo la mujer detrás del hombre más poderoso del mundo, sino la mujer que encarna la reivindicación de los inmigrantes que han hecho grande a los Estados Unidos con su trabajo duro y que en busca del sueño americano han tenido que vivir tantas pesadillas. Esperemos que esta mujer de descendencia India y Jamaiquina también sea una verdadera inspiración para las tolimenses, donde muchas mujeres de grandes virtudes, cualidades y capacidades políticas y administrativas se quedan a espaldas de los caciques y se convierten en #lade… sin decidirse a exigir estar en el lugar que les corresponde y asumir los liderazgos de los partidos y movimientos políticos que nunca han estado en manos de las mujeres, pero si han sido construidos por ellas.